hace poco publiqué en mi substack justamente lo que fue mi primera experiencia en el Sánchez pizjuan, pero lo dejo pegado aquí directamente para evitar spam:
el primer amor nunca se olvida
«¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo (...) pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión» P. Sandoval en El Secreto de sus ojos, de J. J. Campanella.
Yo tenía 7 años cuando mi tía (la tita Loli), una tarde del verano 2002, un verano ya en su ocaso, le preguntó a mi madre si podía llevarme a ver el Sevilla. De aquel día no recuerdo absolutamente nada del partido. No recuerdo contra quién jugó ni cuánto quedó. No recuerdo eso, pero en mi memoria se quedaron grabados mil detalles extraños, en apariencia banales, pero que construirían la forma en la que, desde aquel momento, fui conociendo al que sería mi primer amor, el Sevilla.
Recuerdo el camino al estadio en un coche en el que íbamos todos apiñados; recuerdo entrar en la tienda del club y que mi tía me comprara la equipación, una equipación metida en una caja roja perfectamente diseñada. Aquella camiseta blanca como las sábanas recién lavadas que se orean al sol, de cuello de polo rojo, de ribetes dorados y con el escudo en el pecho, siguiendo las modas de los dosmiles. Recuerdo caminar por los aledaños del estadio, un estadio de hormigón, rodeado de albero, con gotelé en el exterior, donde chavales en su adolescencia se apelotonaban en cada puerta de entrada preguntando por “un carnet de sobra” como yonkis con el mono. Recuerdo que en 2002 los niños no necesitaban, todavía, carnet: entrábamos por debajo del torno: un fútbol que todavía no era, al menos en lo visible y tocable para el aficionado, un negocio clasista y elitista (como otro cualquiera). Recuerdo cambiarme en los vomitorios, colocándome la equipación al completo, con las medias incluídas. Aquellas medias eran blancas todavía. Quedarían 3 años para volver a las históricas medias negras que, fruto de la historia, el azar y el gafe, nos volvieron a hacer campeones. Recuerdo las barandas de hierro oxidado, recuerdo el hormigón y unos grandes escalones que enmarcaban un cielo azul. Al subirlos me llegó de golpe un torbellino de olores, colores y sonidos. El césped fresco y recién cortado; el rojo y el blanco de los aficionados que iban moviéndose como hormigas en su hormiguero; las conversaciones entremezcladas sobre la alineación, el partido y José Antonio Reyes (quien a la postre sería mi primer ídolo y la única persona por la que he llorado en el fútbol); la publicidad de mariscos gonzález (el sabor del buen marisco), el tema de “baila morena, sotto cuesta luna piena” de algún anuncio de coches o “si su casa tiene goteras, tecafil tiene la solución”; subir las empinadas escaleras hasta la fila y el asiento que con tantísimo trabajo se había pagado; los saludos de una nueva temporada, un largo verano sin ver a gente con la que solo coincidías cada dos domingos y que se convertían, como hermanos de alegrías y sufrimientos, en alguien más de la familia; los aplausos en pie cuando los once matatopos que entonces vestían mi camiseta salían a calentar; eran malísimos, a excepción del gitano de Utrera y algún otro, pero no se me olvidarán jamás: Notario, Juanmi, Njegus, Javi Navarro, Pablo Alfaro, Casquero, Francisco, Gallardo, Podestá, Torrado, Marcos Vales, Victor Salas, Toedtli, Moisés o Samways (Sanwi para nosotros); recuerdo la explosión de gritos, palmas y papelillos recortados cuando salían, finalmente, de corto, para empezar el partido. Eran otros tiempos (era otra la historia, que decía el anuncio de Quilmes para el mundial) y todavía no existía himno del centenario; entonces sonaba bien fuerte “Sevilla, Sevilla, Sevilla, el equipo de la casta y el coraje” acompañado de un bufandeo apabullante cuando cantábamos “vuelan, vuelan banderas y suenan palmas que nadie podrá imitar, somos el sevillismo que día y noche no paramos de animar”. You had to be there, que dicen los gringos. Qué cosa, el furbo, qué tramposo y qué nostálgico y dulce a la vez.
Aquel día se coronó con la espera a los futbolistas bajo el glorioso mosaico: sí, otros tiempos. Entonces no había estrellas que vestían extravagantemente y te ignoraban; entonces había gente decente que se paraba, hablaba contigo y se echaba una foto. Antoñito y Pablo Alfaro. Mi madre suele recordarme que nunca me había visto con la mirada que tenía cuando volví a mi casa, bien entrada la noche, llamando al timbre mostrando orgulloso la equipacion joma que me compró mi tía. Aquel día se fraguó una historia que, en realidad, comenzó el día que yo nací: cuando mi madre decidió que yo sería del Sevilla, porque así lo era ella y porque así lo era mi abuelo Antonio, y cuando mi otra tía (la tita Rocío) me compró aquella equipación umbro del año 95 con el 9 de Suker a la espalda. Aquel día de final de verano yo entendí que me había enamorado y eso ya era irreversible; que aquello me traería alegrías y disgustos, ansiedad y euforia, enfado y frustración, pero que aquello, en realidad, era el amor; aquello era, evidentemente, el primer amor con todas sus consecuencias: uno, por mucho tiempo que pase, nunca va a olvidarlo.